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Cuando el sol se pone sobre los viñedos de Alcázar de San Juan, no todo descansa. Detrás de algún escaparate con cruz verde, un farmacéutico prepara el turno de guardia. Esa noche, su local se convierte en el pulmón sanitario de la ciudad: atiende la urgencia del asmático sin inhalador, el llanto del niño con otitis o la angustia del turista que perdió sus pastillas. Nadie sabe qué farmacia toca hasta que el sistema de rotación la elige. Por eso existen directorios locales que, sin aspavientos, resuelven la duda esencial del paciente nocturno: "¿quién está abierto ahora?". Allí, en esa pequeña consulta digital, late la memoria colectiva de un pueblo que prefiere prevenir que llorar de madrugada. Y así, la expresión farmacias de guardia alcazar se convierte en más que un listado: es un salvavidas silencioso, un código de honor boticario que garantiza que, pase lo que pase, siempre habrá alguien con una receta, un consejo o un analgésico cuando más se necesita.
